sábado, 21 de octubre de 2017

Entre olivares y encinares

21 de Octubre de 2017. Entre olivares y encinares


Segunda etapa: Hemos dormido bien. Muy recomendable el hostal de la plaza. Muy limpio y cómodo.

Tras desayunar, hemos emprendido camino hacia Cardéña, eligiendo carreteras secundarias, entre olivos. Está nublado. La luz de la mañana, junto con la tibia luz solar, resalta el color rojo de la tierra bien arada entre los olivos cargados de aceitunas, verdes y negras.

Vamos por una carretera estrecha y sinuosa, despacio, contemplando los olivares. Voy mirando absorta en los troncos de los olivos. Troncos adolescentes, troncos senectos, troncos que salen de uno solo y se dividen, acompañándose permanentemente, formando con sus copas corazones de hojas. Troncos que nacen separados y se unen entrelazándose para siempre, formando un abrazo en espiral.

Troncos que se agrupan en tríos, con un hermano mayor vigilante. Troncos hendidos, troncos abuelos, que cuentan historias y nos miran comprensivos. Troncos sabios, troncos expectantes, troncos aprendiendo de sus parientes....

Cada tronco es una vivencia, una historia, un momento de contemplación que debería ser más largo. Recuerdo dibujos, grabados, acuarelas de troncos de olivo, que te dejan pensativa y te hacen meditar sobre la vida.

El árbol más sabio, el árbol más histórico, del que comían los sabios griegos: aceitunas, pan,  queso y vino eran los alimentos de los filósofos. Productos de la tierra, de los animales que en ella habitan. Productos de tierra seca, de tierra asolanada. Alimentación primaria.

Hemos recorrido caminos diversos entre olivos, sin ganas de que se acabaran. Hemos llegado a dehesas, donde ganado ovino, bovino y porcino se alimentan de la hierba, de las bellotas de los encinares. Encinares "adehesados" por la mano de hombres antiguos, que utilizaron la madera, cultivaron el campo y alimentaron al ganado. Todo tiene aspecto antiguo, vital, verídico. Aquí no hay modernidad. Así se ha vivido siempre. Y aquí encuentras la verdad de la tierra, de la supervivencia.

Recorrimos los caminos con calma, observando el entorno, los cambios de paisaje, el horizonte de las sierras pobladas de árboles. Zonas reforestadas con pinos, que intentan recuperar con las especies autóctonas.

Llegamos a Cardeña y, antes de entrar en la ciudad, pasamos por el centro de interpretación de la sierra de Cardeña y Montoro. Hay unas piezas de barro con las huellas de los animales que por aquí se encuentran: lince, nutria, meloncillo, oveja, lobo....

Llegamos a Cardeña, donde había una Feria del Lechón. Tomamos lechón frito, parecido al cuchifrito salmantino, jamón y carrilleras y nos marchamos hacia el norte, hacia Ciudad Real, pasando por miradores, recorriendo pistas forestales, viendo una cierva y muchos avisos de paso de lince.

Por carreteras secundarias llegamos a Villanueva de Córdoba. Nos quedamos a dormir aquí. Tenemos ganas de caminar un poco, a la luz de un atardecer que sigue siendo cálido. El núcleo urbano es de una grandeza sobria, con una homogeneidad en sus elegantes casas de color blanco, con los marcos en gris y la forja en sus balcones. Una ciudad señorial. Tranquila y acogedora. Vemos los encinares a nuestros pies. Una masa forestal que parece más frondosa de lo que se aprecia desde el nivel del bosque. La elevación produce sensación de verdor, al ver desde arriba las copas de los árboles. Un entorno majestuoso, una sobriedad cordobesa en la actitud de la gente. Generosidad en la bebida y parquedad en la comida.

Ni una tapa, ni siquiera una aceituna, pero copas largas, abundantes y una comida cuidada. Y un jamón exquisito, por cierto.

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